Lunes, 20 de Mayo de 2013
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Innovar, ese proceso que “asusta tanto”

Isabel Jiménez, licenciada en ciencias sociales y actualmente maestra en el colegio distrital Policarpa Salavarrieta, cambió la educación bancaria por un Proyecto Integrado de Aula.

Lo corriente es que al comienzo del año escolar, y al inicio de cada jornada, quienes se dedican a la profesión docente reflexionen sobre el qué, el cómo, el cuándo y el con qué enseñar, y una vez lo definen entren al aula. En el modelo de Proyecto Integrado de Aula que implementa Isabel Jiménez, ella busca esas respuestas en el aula.

A mediados de 2010, Isabel llegó a la sede B del colegio distrital Liceo Nacional Policarpa Salavarrieta, ubicado en pleno centro de la ciudad. Allí, en un edificio de principios del siglo XX, asumió el reto de implementar en la escuela pública el modelo de Francisco Cajiao, ese que apropió durante los seis años que trabajó en la “Unidad Pedagógica”; el mismo según el cual maestro y estudiantes “son iguales pero tienen roles diferentes”.

Socializando saberes

Isabel cambió la educación bancaria por un Proyecto Integrado de Aula, no por cambiar no más - como dice la canción -, sino para viabilizar el proceso pedagógico con un grupo “disfuncional, muy vulnerado, que se agredía permanentemente y que había tenido en el primer semestre tres maestras”. Ese tercero de primaria inició “una formación social y política”, que les permitió en pocos meses “reconocer al otro como diferente, resolver sus conflictos, privilegiar el diálogo y trabajar cooperativamente”.

El reto de esta licenciada en Ciencias Sociales se superó en el primer periodo, “ellos bajaron sus niveles de agresividad y trabajaron cooperativamente”. La clave estuvo, explica Isabel, en agudizar la mirada y adelantar con todo rigor la investigación que caracteriza ese proceso que “asusta tanto”, el de innovar.

Hacia adelante como el cangrejo “Memo” 

Un Cangrejo llegó al salón un día cualquiera en las manos de Arbey, un estudiante afrodescendiente que era parte del grupo de Isabel. La euforia colectiva y la fascinación fueron la señal para esta maestra, quien no dudo en hacer de este animalito el centro del trabajo pedagógico. Terminaron entonces las primeras etapas del proyecto integrado, la de exploración y la de consenso, pues en el grupo hubo unanimidad en torno a que lo que querían era aprender sobre Memo, el cangrejo.

Memo hizo que la clase marchará hacia adelante, fenómeno curioso para un animal que siempre es referencia de retroceso. Empezó la profundización, se exploraron los conocimientos informales que ya tenían los estudiantes sobre los cangrejos, sobre su hábitat, su alimentación y su cuerpo; luego aparecieron saberes más formales y emergieron las áreas, el lenguaje y el pensamiento lógico matemático. “La familia de Memo y Yo” se hizo proyecto, se suscitó la contrastación que Dewey (1859 – 1952) planteó como necesaria para que se corrobore la verdad y se desarrolle el pensamiento científico. Las y los chicos abandonaron el egoísmo con el conocimiento y materializaron sus aprendizajes en murales y escritos.


Arbey, antes violento, desinteresado y retraído se integró, aprendió a leer y a escribir, pues se motivó al convertirse en alguien importante, dado que por su contexto familiar no sólo era el mayor conocedor de los cangrejos, sino que era el encargado de conseguir cada tanto un nuevo “Memo”, para ajustar el ciclo vital del cangrejo a los tiempos humanos. 

Un día uno de los “Memos” que había cumplido su ciclo vital, entre cuidados y excursiones a las casas de los estudiantes, puso sobre la mesa el tema de la muerte. Este cambio que sufren todos los seres vivos remplazó a Memo como pretexto y la exploración se dio en torno este tema. El cangrejo y la muerte hicieron que los chicos empezaran a “leer, a escribir, a pensar, a analizar, a inferir”.

Construyendo aprendizajes 

En 2011, el grupo de esta docente investigadora quedó conformado por la mitad de los estudiantes del grupo con el que empezó proyecto en 2010, y por otros que venían de un proceso convencional. Isabel y sus estudiantes iniciaron una nueva adaptación. Exploración, consenso, profundización y materialización volvieron a cero. Ese cuarto de primaria se dedicó, por decisión de los estudiantes, a la Zoología y las plantas. 

Hoy Isabel implementa el proyecto integrado con un primero de primaria en la misma escuela, ya no con pupitres tradicionales sino con mesas que propician el trabajo colectivo. Con ellos asumió también el reto de las primeras letras y con él, el tener que aprender cómo se enseña a leer y a escribir. Pese al esfuerzo adicional, esta maestra se la jugó por continuar con la innovación, y con la colaboración de Sonia y Piedad Matallana, unos enamoradas de la alfabetización de maestros, logró en medio año tener a casi todos los estudiantes en el nivel silábico, el cuatro de los cinco niveles de lectura que deben alcanzar en su primer año de primaria.

En 2012 “Choco” es el eje del trabajo, un pajarito que busca a su mamá, y del cual niñas y niños están enamorados. Mientras sus estudiantes trabajan Isabel sigue documentando cada paso, cada día, cada proceso. Sin importar el esfuerzo adicional, sigue haciendo talleres para padres y madres en los que socializa su metodología por medio de videos que elabora de las sesiones de clase; sigue redactando uno a uno informes cualitativos de cada uno de sus estudiantes, y les agrega fotos de cada niña y niño en los distintos momentos de clase; y sigue esperando cada bimestre el regreso de la hoja de retroalimentación que cada familia debe entregar luego de leer colectivamente el informe personalizado que ella hace del estudiante, para así monitorear y consolidar el compromiso entre escuela y familia en la formación de los nuevos ciudadanos.